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Muere Roger Walkowiak, el ciclista que deseó no haber ganado el Tour

Muchos años más tarde, Roger Walkowiak deseó no haber ganado el Tour del 56, la única carrera que, aparte de critériums y dos etapas en la Vuelta (Pamplona y Cuenca), había ganado en su vida de ciclista. Le amargaba tanto el recuerdo del desprecio con el que los aristócratas de su deporte comentaron su victoria inesperada, que el dolor fue siempre más fuerte que la alegría.

El escritor Ander Izagirre resume esta paradoja en el día en el que Walkowiak, exciclista, cerró el bar del que vivía en su ciudad Montluçon, el corazón de la Francia profunda, harto de que los parroquianos le recordaran todos los días su victoria. Volvió a la fábrica en la que trabajó, hijo de emigrantes polacos, antes de hacerse ciclista, y se sumergió en el anonimato deseado. Nunca quiso hablar de su victoria. Mantenía la mirada triste y tierna, de niño asustado, que no le abandonó desde el 12 de julio de 1956, el día que se puso de líder del Tour tras una fuga masiva en el llano que los grandes del pelotón de aquel año –Gaul, Bahamontes, Ockers, Geminiani, Bauvin, Fornara—permitieron indiferentes. Con el mismo silencio con el que vivió su vida, Walkowiak falleció la mañana de este martes cerca de Vichy, anunció su familia. Nacido el 2 de marzo de 1927, le faltaba menos de un mes para cumplir 90 años. Como si también le pesara ese reconocimiento, lució apenas mes y medio el título de decano de los ganadores del Tour, heredado del suizo Ferdi Kübler, fallecido en Navidades. El Águila de Toledo, Federico Bahamontes, nacido en 1928 y ganador del Tour del 59, es ahora el más viejo de los vencedores vivos de la grande boucle.

Cuando Walkowiak se vistió de amarillo junto a las solidísimas murallas de Angers, al terminar la séptima etapa del Tour en un grupo de 31 secundarios que llegó con más de 18 minutos de ventaja sobre un pelotón descontrolado, Antoine Blondin, el cronista de L’Équipe se divirtió burlándose de André Darrigade, el gran sprinter vasco, el Galgo de Las Landas, líder hasta entonces, protagonista, según el escritor de una “grandiosa historia de cornudos”, un vodevil de carretera, en el que desempeñó el papel de marido. A Walkowiak, Blondin le describe como el amante que no tenía pinta de serlo, con sus mejillas sonrosadas y bien nutridas, casi mofletes, y su amago de barriguita debajo del maillot. “Es la victoria de Sancho Panza y no la del Quijote”.

Nadie daba un duro por Walkowiak, del que se recordaba también un vergonzoso y silencioso abandono en la Vuelta del que había sido absuelto a última hora gracias a la mediación de Geminiani, que logró que le acogieran en el equipo regional del Nordeste Centro. Pero pleno de tenacidad y maestro de la astucia, el antiguo trabajador de Dunlop supo resistir en la montaña los ataques de los escaladores y dos semanas más tarde dio la vuelta de honor en el Parque de los Príncipes con el ramo de flores gigantesco y vestido de amarillo.

“Me equivoqué”, escribió entonces Blondin. “Walkowiak no era el amante, sino el marido legítimo”. Fue la victoria, explicó el cronista, del trabajo sobre el talento, y le comparaba con un Zatopek que, imbuido de las virtudes del terroir, daba al Tour un final moralizante, con la victoria del coraje y la constancia.

Pese a tal intento redentor, su victoria quedó marcada para siempre con la frase peyorativa con la que se describió: “Un Tour a lo Walko”, un Tour ganado por un donnadie, sin más mérito que la fortuna. “Pero, para mí", dijo Walko en una de sus escasas reflexiones públicas sobre la victoria que no deseó, “un Tour a lo Walko debería significar en realidad un Tour animado, pleno de ataques, un Tour sin un líder dictador”. Quizás, y se dio cuenta de ello, habló en vano. La historia ya estaba escrita, a su pesar.

El decano Federico

Federico Bahamontes, el decano del Tour, el mayor de los 25 ganadores del Tour que aún viven, la gloria de Toledo y de España, está comiendo a la una y preparándose para ir a la finca a escamotear las ramas de las acacias que estuvo podando el lunes. “Estoy hecho un chaval”, dice. “Tengo unos árboles de sombra, como los de Zocodover, en el paseo de la finca y las ramas crecen mucho porque al regar la finca los regamos también. Aunque ya no me subo a los árboles, solo recojo en el suelo las ramas que echa el que se sube”.

El Tour de Walkowiak lo terminó cuarto Federico, que se apena inevitablemente cuando se le dice que Walko ha muerto. “Era un chaval sensacional, majísimo, que no se metía con nadie. Tendré que preguntarle su dirección a Darrigade para enviar un telegrama de pésame”, dice Federico, que no suele ser muy gentil con sus rivales del Tour, antes al contrario, pues le gusta recordar cómo todos ellos están criando malvas desde hace tiempo por darse a la química cuando eran jóvenes. Walkowiak no entra en esa categoría. “Corrió en un equipo pequeño y no contaba mucho para los franceses", dice Federico. "Ganó el Tour porque lo valía y porque tuvo un gran director, Sauveur Decazeux, de Biarritz, que era como este entrenador del Atleti, Simeone, le pinchaba y le pinchaba y hacía que se metiera en las escapadas”.

Federico está contento porque Fermina, su mujer, ya ha salido del hospital en el que estuvo semanas internadas, y un poco triste al verse ya, a cinco meses de cumplir los 89 años, el decano del Tour, el único superviviente de los ganadores de antes de 1965. “Ya no queda ninguno. Solo quedo yo”, dice. “Si la cosa va bien, aguantaré bastante. Solo me tendrían que poner rodillas nuevas, porque la víspera del Corpus el coche me pilló las piernas contra una puerta y no me han parado de doler desde entonces… Subir, subo bien las cuestas de Toledo hasta la plaza de Zocodover, como siempre, pero bajar no puedo, me duelen mucho”.

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