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Muere Poulidor, el sabio que hizo rentable la derrota

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13 Nov
2019

La cara redonda, iluminada por los pequeños ojos achinados, se apagó en la madrugada del martes al miércoles en un hospital de Saint-Leonard-Noblat, Macizo Central de Francia, donde nació y murió el ciclista Raymond Poulidor a los 83 años. Su figura como emblema del deporte, el eterno segundo, el perdedor risueño, se fraguó en una contradicción que se ha instalado en la memoria popular. «Pou-Pou», como le apodó un periodista de L’Humanité, se pasó la vida persiguiendo el maillot amarillo del Tour, la victoria en la mejor carrera, y nunca lo consiguió. Nunca vistió la prenda de los campeones en 14 participaciones y nunca ganó el Tour (segundo en 1964, 1965, 1974, tercero en 1962, 1966, 1969, 1972, 1976). Pero la hoja de servicios de Poulidor es intachable: 184 victorias, que incluyen siete etapas del Tour, la Vuelta a España (1964), la Milán San Remo, la París-Niza, la Flecha Valona o el Dauphiné Liberé. «Si hubiera ganado un Tour, jamás se habría hablado de mí», lanzó como epitafio.

La sonrisa bonachona y afable de Poulidor se paseaba cada día por el Tour de Francia desde hace décadas, embajador e imagen del maillot amarillo de Credit Lyonnais, el banco que patrocina la prenda y el singular leoncito que se entrega cada día a su portador. Poulidor era el Perico Delgado del Tour. Figura intemporal, intergeneracional, al que se acercaban abuelos, padres y nietos en el punto de salida de cada etapa del Tour para charlar, preguntar o reclamar fotos o autógrafos. Una suerte de pariente o amigo común al que nunca le fallaba el gesto afectuoso.

 

Un sabio popular que rentabilizó su histórica fatalidad en el Tour. «Lo que más me gustaba era cuando los niños me preguntaban, ¿eres tú, PouPou? ¿Y nunca ganaste nada?», declaró en una entrevista a Le Monde. Su voz dura y rocosa, pasajero de la Francia profunda, agricultora, acompañó siempre a los visitantes de la carrera como si fuese uno de los monolitos que se erigen en el Tourmalet, el Galibier o el Izoard. «El Tour es mi casa, mi vida», dijo alguna vez Poulidor.

El Tour que lo maltrató como ciclista y lo convirtió en un telonero de dos gigantes, primero Jacques Anquetil «Monsieur Crono» y después Eddy Merckx «El Caníbal». Sobre todo, con el primero, al que superó en popularidad y cariño aunque no en éxitos. Anquetil fue el primer ciclista en ganar cinco Tours. Ambos protagonizaron aquella célebre escena, hombro contra hombro en el Puy de Dome, Tour de 1964, en el que Anquetil se hizo con el maillot amarillo. «Anquetil el ganador, Poulidor el héroe», resumió para siempre L’Equipe.

Poulidor pertenece al ciclismo en blanco y negro, aquel de fotografías exclusivas e impagables, carreteras llenas de baches y no autovías, ciclistas al asalto de tiendas o fuentes públicas para comer o beber, y patas de pollo en vez de barritas energéticas de cereales. Un símbolo al que el Tour martirizó.

 

Siempre hubo una caída, un pinchazo, una doble fractura de hueso o una mínima de distancia de segundos que apartaron de la victoria a Poulidor, un escalador de cuerpo prieto. El antiguo e histórico director del Tour, Jacques Goddet, escribió: «¿Está el drama pegado a la silla del ciclista que honra al ciclismo? ¿Se le debe negar siempre la gloria de la victoria en el Tour, ya merecida tantas veces? ».

La estética del perdedor fue rentable para el inteligente campesino, cuyos padres granjeros educaron entre ovejas, vacas y sólidos valores pegados a la tierra. «Cuanto más desafortunado era, más gustaba al público y más dinero ganaba. Incluso pensé que ganar era inútil», declaró PouPou.

Poulidor, que quiso ser boxeador antes que ciclista, tenía en los últimos años de su vida una ilusión por encima de todas, su nieto Mathieu van der Poel, hijo de su hija Corinne Poulidor y del exciclista holandés Adrie van der Poel. El chaval es el nuevo portento del ciclismo, un fuera de serie que estuvo cerca de ganar el último Mundial en Yorkshire (Inglaterra) y que también triunfa en el ciclocross y la bici de montaña. Su abuelo deja como legado la leyenda del alegre y astuto segundón.

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