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Leangel Linarez: el sprinter venezolano que llegó a España a cambio de cinco vacas

  • Por  https://www.ciclismoafondo.es/
  • Publicado en Profesionales
Leangel Linarez: el sprinter venezolano que llegó a España a cambio de cinco vacas
24 Mar
2021

La prestigiosa revista Ciclismo a Fondo, dedicó un extenso reportaje al venezolano que poco a poco va labrando su trayectoria en el ciclismo profesional

La decisión de sus padres no fue fácil. Renunciar a cinco vacas suponía un problema para la economía familiar, pero dieron un paso adelante. Años después, a punto de ganar dos etapas en la pasada Volta a Portugal frente a sprínters consumados, este joven venezolano se postula como un gran velocista de futuro.

Caminan de la mano. Juntos el frío se recibe mejor. Ella le da el calor que necesita. El sabor de su nueva vida. Para él, Madrid es azúcar, pero también sal. Al doblar por la calle Bravo Murillo se detiene: “Mira Yely, aquí levanté los brazos”, la susurra. Que contento se puso Magro aquel día. “´Chispas', tú tienes que ser un sprinter de los buenos”, le dijo una semana después, cuando ganó en Sevilla, con lágrimas en los ojos.

Lo de “Chispas” le viene de pequeño. De cuando vivía en Venezuela. De cuando quería ser jugador de Beisbol. Sus padres, Rubén y Belkis, no podían pagarle un deporte tan caro con los ingresos que obtenían de su pequeña granja de Barinas, donde vivía la familia. Pero un verano, un primo suyo se acercó a visitarle. Llegó con una bicicleta brillante. Con una equipación a juego que le enamoró. Por eso, para tener una también, decidió apuntarse a la escuela de José Balaustre. Decían los mayores que había sido Olímpico y que era de los que más sabían en Venezuela de este deporte. En aquella escuela, para que te dejaran la bici y la equipación, había que ganárselo, ser el mejor en un test de invierno. Consistía en correr a pie y subir escaleras. Leangel lo consiguió. Años después, en cadetes, ganó su primera carrera. Esprintó más que los demás chavales y Balaustre le dijo que iba a ser más rápido que el “Chispas”, otro chaval que arrasaba años atrás.

Pero, con los años, supo que, para ser un verdadero “Chispas”, tenía que batirse con los ciclistas de verdad, los de Europa. En una Vuelta al Táchira, conoció a Edwin Torres, que le dijo que se iba a probar suerte a España con un equipo de Madrid, el Bicicletas Magro. A él le pagaban el billete, lo mismo que hicieron años atrás con Orluis Aular y Anderson Paredes, otros talentos venezolanos. Pero Magro no tenía dinero para pagar el billete de Leangel. Por eso habló con su padre. Deseaba ir a España. Rubén hizo cuentas. Si vendía cinco vacas reuniría el dinero del pasaje. Luego, ya se apañarían.

Leangel dejó su pueblo, labrado en un verano eterno para aterrizar, en 2017, en el frío de Madrid. En el aeropuerto le recibió un tipo desenfadado, pero que le atrapó con su simpatía. “Que pasa chaval, soy Marcelino, tendrás ganas de cenar algo, no?”, le dijo al llegar.

Luego conoció a Magro. Un tipo regordete y bonachón. Nunca imaginó que había sido uno de los escuderos más leales de Perico Delgado. De su tienda de bicicletas sacó una bicicleta de aluminio. Leangel enmudeció. Tan alejada de lo que él había imaginado. Su sueño europeo se desdibujaba un poco. También su ilusión. En España se corría muy rápido. Hacía mucho frío. Abandonaba en todas las pruebas. Y las que corría, eran de segunda opción. Ancho y robusto, apenas sí conseguía escalar los repechos con los que se encontraba. No ocurrió lo mismo al doblar aquella curva en la calle Bravo Murillo. Allí, dando vueltas por un circuito totalmente plano que siempre terminaba en esa calle ganó su primera carrera.

Meses después, al desaparecer Cartucho, encontró el acomodo en el Kuota Paulinho de Isaac Ovies. Con aquel equipo aprendió a ser ciclista. A entrenar en un gimnasio en invierno. Isaac le decía que debía aprender a comer bien, a ser lo más rápido posible pero siempre pasando los repechos. Su cuerpo dejó de ser tan ancho. Consiguió una nueva victoria. Pero se sentía vacío. Las paredes del piso donde vivía se le hacían rejas de hierro cuando sus otros compañeros sudamericanos volvían a sus países. Echaba de menos a su familia. A Yeli. “Isaac, ¿me prestas dinero para comprar un pasaje a Yeli? Te juro que te lo devolveré”, le pidió desesperado un día. Isaac sonrío: “Si me ganas cinco carreras más, te lo regalo yo”, le retó. Parecía un guiño del destino. Recordó las cinco vacas que vendió su padre por él. Leángel cumplió el reto. Además, de todas las victorias, dejó la más importante para el final.

Leangel acudió con su equipo a Portugal, para disputar el Gran Premio Jornal de Noticias, junto a equipos profesionales. A pesar de ser verano, el día le empapó de lluvia y frío. Tiritando, pidió a su equipo retirarse. “Va a salir el sol, aguanta un poco”, le pedían. Pero la lluvia no cesaba. Entonces, su compañero Edwin Torres, aquel que le animó a viajar a España y con el que compartía equipo, le dio otro gran consejo: “Van todos igual que tú. Temblando. Resiste y te llevaremos al sprint final en volandas. Puedes ganar”, le lanzó aterido. Leangel aceptó. Golpeó sus pedales con determinación a 200 metros de la línea de meta y superó a los sprinters del Efapel y del Oporto.

En la meta, Pedro Silva, Mánager del Mortágua, uno de los equipos profesionales que participaron en la prueba se dirigió a él: “Quiero que corras en mi equipo la Volta a Portugal. Este año como stagiare, pero el año que viene con un contrato”, le lanzó.

Leangel se enfrentó a su primera Grandissima, en la edición de 2019 sin haberla preparado. Llegaba de sorpresa. Él no tenía dinero ni para recuperantes. Ni para haberse concentrado en altura previamente. Y las galletas seguían siendo su postre. En el kilómetro 120 de la primera etapa una tremenda pájara estuvo a punto de dejarle fuera de carrera. Al día siguiente, decidió darle una vuelta al cuerpo, filtrándose en la fuga del día y consiguiendo pasar por delante en las metas volantes. Pero las etapas siguientes se hacían eternas. Las llanas, las que le convenían, parecían de alta montaña.

El año siguiente, Leángel, que ya gozaba de su primer contrato, invirtió en su formación. En intentar vivir como un profesional. A su lado, Yeli le daba la fuerza suficiente para que la cabeza no le hiciera caer en depresión. Afuera, las calles estaban vacías. La pandemia se empeñaba en arruinar su futuro como neoprofesional. Pero tenía apuntada una etapa. La número cinco de la Volta a Portugal. Era su número. Cinco vacas le trajeron a él a España. Cinco carreras a Yeli. La quinta etapa debía ser suya.

Aquel día, los repechos le parecieron cuesta abajo. Silva confiaba en él. Sus compañeros también. Pero la pandemia le había hecho llegar sin competir desde hacía meses. Le faltaba la tensión de un sprint. La agilidad de una colocación certera. La penúltima curva le desplazó al puesto quince. La última se la tomó como el sprint final. Sentía que Belaustre le observaba. Que le gritaba. “¡Vamos ‘chispas'!”. Se revolvió sobre su bici cuando aun el Arkea seguía empujando el treno de Daniel McClay. Cuando llegó a rueda del británico, este lanzó su sprint. Exhausto, tuvo que conformarse con llegar a su rueda en segundo lugar. La Volta le castigó con otros dos terceros puestos. Pero le premió con el recelo de los equipos Procontinentales contra los que compitió. Si todo va bien, alguno llamará a sus puertas. De eso se encarga ahora Marcelino Pacheco. Aquel tipo afable que le fue a buscar al aeropuerto cuando llegó a España. Ahora es parte de su familia. Su representante. Confía ciegamente en “el chispas”. El sprínter venezolano que llegó a España a cambio de cinco vacas.

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